La joven bodega zamorana ‘El hato y el garabato’ aporta su singularidad productiva tras la formación de sus dueños en California y Australia

 

Describe Miguel de Cervantes en uno de los pasajes de ‘El Quijote’ el estado de Sancho tras la lucha contra un rebaño de ovejas y cómo le comenta a su amo que si esa noche aparecía el diablo, le daría ‘el hato y el garabato’.
La de José Manuel Beneitez y Liliana Fernández no es una historia de molinos ni de gigantes, ni tiene nada de ‘quijotesca’, es muy real; pero esa expresión, la del nombre de su bodega, recoge a la perfección sus comienzos.

«Nosotros nos lo apostábamos todo en este proyecto y el nombre nos venía al pelo», explica Liliana.
Pero la historia de esta pareja de ingenieros de montes, propietarios de la bodega ‘El hato y el garabato’ en la localidad de Fornillos de Fermoselle, Arribes zamoranos, tiene mucha miga porque lo suyo más que un trabajo es un proyecto de vida con mayúsculas, un giro completo.

«Llevábamos bastante tiempo con ganas de darle un giro a nuestra vida profesional, nos faltaba un poco de pasión en lo que estábamos haciendo y, dándole vueltas, nos apetecía hacer algo juntos vinculado al medio rural», relata José Manuel. «Un día le dije a Liliana: ya sé lo que quiero hacer, quiero montar una bodega empezando con la viña de mi bisabuelo en Arribes». La respuesta también fue en mayúsculas: «¡Ni de coña!».

Poco a poco se fue convenciendo y, si es verdad que las crisis tienen esa parte de oportunidad, el fin de una etapa laboral se tradujo en una necesaria evolución y José Manuel comenzó a estudiar enología y viticultura. «En 2012 regresé a la universidad, no nos renovaron el contrato y fue el momento perfecto porque, si no, a lo mejor