Los espacios naturales, la gastronomía y la arquitectura presiden la inolvidable excursión al valle de la Sierra de Francia

 

Los japoneses tienen un rito cuando ven una plantación de girasoles, y es sumergirse en ella para recargarse de energía positiva”. Dianne Winsor narra esta curiosidad mientras los compañeros del que será un apacible viaje enfilan la autovía A-62 desde Valladolid hacia Salamanca y dejan a ambos lados tierras con girasoles que en julio aún están vigorosos, aunque pequeños por ese cambio climático que fue motivo de conversación durante varios kilómetros. La autovía impedía que el Zoe en el que viajábamos pudiera salirse del camino para que la flauta solista de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León experimentara el ritual oriental.

Apenas habíamos emprendido el viaje, con el primer vehículo eléctrico de Renault con una autonomía de 400 kilómetros, y ya se sentía que la experiencia iba a conectar los sentidos. Esta americana de San Francisco, aunque lleva asentada en Castilla y León desde 1991, reconoce que apenas viaja, salvo por trabajo y una o dos veces al año para visitar a su familia en California. De modo que es un placer redescubrir con ella las sensaciones que transmiten los girasoles, las ovejas, los toros del campo charro, las dehesas, los pequeños pueblos con altas torres que se van haciendo lejanos.

El trayecto es ameno, el Zoe va equipado con un aire acondicionado que va a resultar imprescindible en este día de primeros de julio. Dianne Winsor aparca su timidez para hablar de todo: “¿Cómo es posible que este coche no contamine nada? ¿Y por qué los gobiernos no incentivan su uso? ¿Por qué cuesta tanto concienciar sobre el respeto al medio ambiente? Es cierto que en Valladolid percibo que cada vez hay más taxis híbridos”. E Iván Sanz, el conductor de Renault que participa en esta experiencia, responde a todas sus dudas y realiza también alguna demostración. El viaje nos deparará un adelantamiento en cuesta y el Zoe sale con fuerza. Ahí nos requiere él su atención para que apreciemos el vehículo que estamos probando.

Dianne Winsor se sincera. La exigencia de su trabajo y su dedicación apenas le dejan horas de ocio, así que esta excursión por las Batuecas y la Sierra de Francia la recordará siempre. “Estoy disfrutando mucho porque todo es nuevo para mí, siempre trabajo”. Su transitar diario por Valladolid la llevan del Auditorio Miguel Delibes a picar algunas tapas y a casa. “Me llaman la atención los pinchos que hay en Castilla y León”. Y mientras se va acercando el destino, aprovecha para fotografiar todo lo que capta desde la ventanilla del Zoe: encinas, bellotas, cerdos – “me encanta el jamón”–, reconoce, pero echa de menos las nueces: “Es muy difícil encontrarlas de California de verdad”.

Con Fran Jiménez satisface su curiosidad por la fotografía, a la que es muy aficionada, y narra su agenda para el verano, que es agobiante. “Aprovechamos estos meses para actuar en todas las ciudades posibles de la región y preparamos temporada, así que no hay demasiado descanso”.

La Peña de Francia

Los viajeros emprenden la subida a la Peña de Francia en una mañana soleada, despejada y ya con algunos grupos de turistas pese a ser una hora temprana y día de labor. La subida requiere una parada del Zoe porque Winsor desea saber cómo huele este bosque: “A limpio, a paz”. El cambio de paisaje, de abierto y llano a montañoso y arbolado, llama poderosamente su atención y todavía le que quedan muchas sorpresas.

El planeo de un buitre atrae su mirada. El ave es ahora el rey de las montañas y valles infinitos que se avistan desde la cima, pero el paisaje y la naturaleza a 1.727 metros de altitud son solo un entremés de lo que continuará. El monasterio de la Peña de Francia la tiene hechizada y Dianne Winsor no duda en sentarse en los bancos y contemplar con detenimiento el interior del edificio y la imagen conocida como la Virgen Negra, Nuestra Señora de la Peña de Francia. Del santuario mariano construido a mayor altitud del mundo se encargan frailes de la orden de los dominicos, que atienden a los peregrinos y turistas. Casi inaccesible en invierno, el santuario, las capillas exteriores de San Andrés, el Santo Cristo y de la Blanca formaron parte de un recorrido que incluyó la gruta de la Virgen y la capilla de Santiago. Recreados prácticamente todos los sentidos, era hora de emprender el descenso.

El Zoe aprovechó la bajada para cargar energía; el motor retiene la velocidad y de esta forma recarga la batería. La flexibilidad del turismo todavía permitió parar un momento en una curva trazada a modo de mirador para fijar en la retina el paisaje único.

El patrimonio natural de Las Batuecas-Peña de Francia sorprendería aún a los viajeros con el gastronómico y el arquitectónico. Ahora, tocaba comer y qué mejor lugar que La Alberca, un municipio declarado en 1940 Monumento Histórico-Artístico que deslumbra a quien no lo conoce.

Tras la comida, empieza otra nueva fascinación: descubrir el pueblo y, de paso, tradiciones. Justo en dirección a la plaza se dirige el marranico de San Antón, el cerdo que es alimentado por los vecinos para ser sacrificado por esa festividad y degustado por quien sea el afortunado en la rifa. Antaño ayudaba a tapar el hambre de la familia afortunada y era un gesto de solidaridad, ahora se conserva como atractivo turístico. Dianne Winsor sigue sorprendida. Entra en un bar de la plaza, La Puntilla, para tocar la cabeza de un toro disecado. “Desconocía que fuera tan grande. Nunca había visto ninguno así de cerca ni lo había tocado” y salta la broma por lo evidente.

Las tiendas de souvenirs, los dinteles de las puertas con inscripciones religiosas, el frescor en las calles de este municipio prerromano, la calle La Puente, con sus comercios en los portales de los caserones y balcones engalanados, y su arquitectura geométrica de piedra y madera no dejan a nadie indiferente.

Todavía hay tiempo y ganas de seguir por la zona. A través de la ventanilla del coche eléctrico contemplamos el paisaje. Prohibido abrirla: fuera hay 37 grados y dentro una confortable de veintipocos.

Y Mogarraz fue el mejor de los colofones. “Es precioso. Este viaje es una sorpresa continua e intensa”, describió Winsor tras recorrer las calles de esta villa medieval y cuyas casas lucen reproducciones de retratos de vecinos que moraron en el municipio. Alejandro Martín fotografió a casi 400 vecinos para el carné de identidad y parte de esa obra, con los rostros de hace cincuenta años, decoran las fachadas en una singular exposición de Florencio Maíllo .

El Zoe tiene más batería que el resto de invitados a esta experiencia, a este viaje sereno que ha conectado sentidos y electrizado la vida diaria. Anochece y Dianne Winsor se va satisfecha por haber tenido la oportunidad de conocer un poco mejor esa Castilla y León que la acoge.

Escapada silenciosa en Batuecas