Un paseo por tierras del río Duero, con la música y la automoción más silenciosa como acompañantes

 

Michal Ferens se trae de viaje sus dos personalidades. En el maletero, bien resguardada en la funda, viene su viola, la que le acompaña en los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, cuando rigen la etiqueta, y el orden, y el fluir acompasado de las notas. En el asiento trasero nos acompaña el Michal de la mirada inquieta.

El que crió caballos. El que regresa a su casa tras los ensayos a paladas, bajando el Pisuerga en una piragua hinchable hasta Simancas. El que salta para la foto una vez y dos y tres, las que hagan falta.

Los dos Michal componen un personaje que casa bien con la ribera de Castronuño, destino de este viaje. Porque en ambos casos juega un papel importante la capacidad de sorprender. El paisaje se abre de repente, incongruente con el llano ocre que lo rodea por casi todos lados, a modo de oasis. Observado desde una foto aérea, el trazado del Duero verdea un mapa marrón, ensanchándose precisamente en la vega que forma a su paso por Castronuño, en una reserva natural de 8.421 hectáreas. Del mismo modo, Michal va desgranando durante el viaje notas autobiográficas que contrastan con los tópicos –injustos, seguramente– que uno achaca a los músicos de las orquestas, a quienes se puede suponer inmersos en un mundo interior de concentración, absortos en la música y en alcanzar la mayor perfección posible para intentar conseguir, en uno de esos durísimos concursos de plazas, un puesto de titular en alguna parte del mundo.

Así, mientras la expedición pasea por la ruta señalizada que baja desde Castronuño hasta la misma orilla del Duero, Michal recuerda cuando visitó los cedros del Líbano y la fragancia que desprendían. Esta ruta se realiza a finales del mes de junio y, a pesar de que la sequía ya ha hecho estragos alrededor –y lo que quedaba aún por llegar–, aquí la vegetación es exuberante. La Senda de los Almendros compone una ruta circular que arranca cerca de la iglesia de Santa María del Castillo. Dicen las descripciones de los letreros y las guías que se necesitan dos horas de camino para recorrer 3,5 kilómetros y, como en el caso de los cedros libaneses, aquí también hay ejemplares centenarios, precisamente almendros. En realidad, el recorrido puede suponer dos horas o muchas más, porque el paisaje invita a relajarse, a contemplar. A guarecerse prismáticos en mano y tratar de distinguir los martinetes, las garzas, los cormoranes.

«Para circular con vehículos a motor usa las carreteras. Las sendas peatonales son para andar», advierte una de las guías de la zona. El Renault Zoe llega hasta detrás de la iglesia en silencio. Un vecino, Ciriaco Centeno, que fue trabajador de Fasa, se acerca curioso hasta el coche. Pregunta dónde se fabrica, qué autonomía tiene, cuánto cuesta. El coche es el otro protagonista de este viaje. Michal observa bajo el capó con curiosidad. El Zoe se ha deslizado sigiloso hasta aquí, calmo, a ritmo de excursión. Michal saca la viola y el arco, un arco más gastado que el que utiliza en los conciertos, para posar en la foto.

Música para el camino

Pero entonces llega a un punto, un mirador, en el que varios vecinos descansan al sol.

Y el fotógrafo le pide que toque algo. Michal esboza una protesta fingida («no me habíais dicho que había que tocar, me habría preparado») y se sienta entre ellos para la foto. Y toca. Y las bromas y los comentarios jocosos de «siéntate aquí», «no habrá que pagar, ¿no?», «calla, tú, que hay que escuchar al músico», se disipan cuando empieza a extraer de las cuatro cuerdas las primeras notas. Es casi mediodía, la peor hora para hacer una foto, con el sol plano. Desde el mirador se observa la curva del Duero, con ese verdor que transmite vida, y es un buen momento para entornar los ojos y pensar en ese paisaje al atardecer, o al amanecer, o en una tarde de tormenta con los colores saturados. A veces la magia puede ser muy real. «Solía tocar en la calle cuando era joven», se ríe Michal. Y casi se diría que este hombre que es viola de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, que posa con su traje de gala y la pajarita blanca en el Palacio de Santa Cruz para la foto oficial de la OSCyL, añora, por un momento, ese instante de complicidad que se produce cuando tocas porque sí, en mitad de una calle de un pueblo.

Cuando consigues comunicar con la música. Sin más. Sin que importe el programa, o la melomanía del espectador. Por el puro placer de fundir sensaciones, la que transmite el sonido armonioso de la viola y la que llega del color, el olor y la vistosidad del paisaje que asoma al otro lado del mirador.Dicen que la viola, en la orquesta, armoniza. Dota de profundidad. Quién diría que en el paisaje de la Ribera de Castronuño su efecto puede ser el mismo.

En Alaejos

El alto en el camino nos lleva a Alaejos. Hay que seguir rodando el Zoe, que acerca a los viajeros al restaurante El Callejón, al pie de la imponente iglesia de San Pedro, en la Plaza Mayor de la localidad. Ángel Caballero y Raquel Santana se ocupan del local desde hace cuatro años, aunque suman más de veinte en este mundo de la hostelería. Las ensaladas, que se agradecen en esos albores del verano, son parte de la especialidad junto a la merluza rellena o el chuletón. También los productos del pueblo, patatas, garbanzos, espárragos. «Toda la comida es casera, incluidos los postres», cuenta Laura Alonso, la camarera. Y eso incluye el helado, que también es casero. Así que Michal se inclina hacia ese lado y asegura, solo hay que mirar su plato para corroborarlo, que ha acertado con la elección.

El camino de vuelta devuelve al grupo a la gris realidad de la autovía, esta vez con el Zoe más alegre porque le sobra batería para este viaje. Otra sorpresa más, quizá para confluir con un paisaje inesperado y un músico capaz de romper tópicos y prejuicios.