Alvar de Dios recupera viñedos antiguos en tres zonas de Zamora y refleja su identidad en los vinos

 

Comienza temprano la jornada en Villadepera, en la comarca zamorana de Sayago, en los Arribes del Duero. Es época de poda y el enólogo Alvar de Dios ha decidido empezar por los viñedos que está recuperando en Arribes. El trabajo es duro. Hay que mantener la postura, agachados, durante muchas horas de frío, de aire y de humedad. Pero merece la pena, asegura. El momento es bonito, es el inicio de un nuevo ciclo.

Junto a Fernando Pastor y Álvaro Ariza forman la cuadrilla. «Es un trabajo de cirugía, de ir despacito», explica Alvar de Dios, que no quiere prisas, ahora no, en una labor de poda que considera muy bonita. «Es el inicio del ciclo», exclama sobre la importancia de un momento en el que hay que empezar todo el trabajo en el viñedo.

Trabajan en una viña pequeña con pizarra blanca y pequeñas partículas de mica que brillan en el suelo. Es una zona de origen volcánico muy cerca de la frontera con Portugal. Van armados con unas tijeras de mano, otra de dos manos, serrucho y hacha. Las labores consisten en quitar las partes secas para que corra el aire por la planta. Aunque asegura que «cada maestrillo tiene su librillo», buscan el equilibrio, que la planta tenga cuatro o cinco brazos distribuidos en círculo alrededor de la cepa para equilibrar la fuerza y las hojas y la uva que saldrán después.

«En una viña como ésta, que no ha estado muy bien cuidada en los últimos años, siempre buscas que coja fuerza y que se empiece a equilibrar un poco todo», afirma el enólogo sobre la jornada de trabajo en un terreno que preparan por primera vez. El periodo para hacer la poda es desde diciembre y enero hasta febrero, marzo y principios de abril. Alvar de Dios no poda cuando hay mucha niebla, en días de agua ni con exceso de frío. Intenta cuadrar las jornadas con las fases de la luna, como se hacía antes y como siguen haciendo los mayores. «Es algo que lo han hecho toda la vida y es volver un poco a eso», explica De Dios sobre su filosofía general de trabajo de volver a las raíces.

En un recorrido por Villadepera, el enólogo y viticultor explica que el vino se hacía en el pueblo para autoconsumo. Piedras de lagar y antiguas prensas en el exterior de las casas recuerdan un pasado de bodegas y lagares.

Nada es común ni al uso en la conversación con Alvar de Dios. Su proyecto se sale de los esquemas actuales y de las modas, con la recuperación de viñedos antiguos en tres pueblos de la provincia, El Pego, El Maderal y Villadepera, pertenecientes a tres comarcas diferentes y con una distancia de unos 90 kilómetros entre los dos más alejados.

Sus vinos, que define como de pueblo y de parcela, buscan reflejar la identidad vitivinícola de cada uno de estos lugares. Son su visión del pueblo, de la zona, de los suelos y de las variedades. Hace tintos y blancos, unas 40.000 botellas en total. Sus vinos de pueblo buscan reflejar lo que hay en los términos municipales en los que nacen, darles voz e imagen. Uno es Tío Uco, su visión particular de El Pego, en la zona más sur de la DO Toro, y Caminos de los Arrieros, reflejo de Villadepera, uno de los pueblos de origen volcánico de Zamora, con más altitud que el resto de los Arribes, con más bosque, piedra y diferentes tipos de pizarra en el suelo.

Alvar de Dios comenzó en el año 2008 con un viñedo familiar de 1919 heredado de su abuelo Don Aciano Hernández en la localidad zamorana de El Pego, en la comarca de Toro. Tres años después, en 2011, empezó a hacer vino y a comercializarlo con el nombre de Aciano, en honor a su abuelo. Hasta entonces había vendido la uva.

Quince variedades

En El Maderal, en la comarca de La Guareña, recuperó en 2009 un viñedo de blanco también centenario con más de quince variedades y que había estado abandonado durante más de seis años. De él sale el vino blanco Vagüera, como se refiere la gente de la zona al término vaguada.

Las contraetiquetas de sus botellas son una explicación de los vinos con términos utilizados en los pueblos. Son sus guiños a estas pequeñas localidades, para dar voz a sus vecinos y recuperar la tradición, una parte que también cree importante. «Soy un niño antiguo», bromea sobre esa labor de traer al presente lo de antes.

Hace dos años comenzó a trabajar en antiguos viñedos, de entre 70 y 90 años, de Villadepera, en la zona de los Arribes del Duero, a 90 kilómetros de su residencia en El Pego. Esto le obliga a pasar mucho tiempo en el coche, pero la zona llamó su atención y busca la diferencia. «Aquí tenías todo», explica, «es una zona vitícola muy buena, antigua, con muchas variedades diferentes que no hay en otro lugar de España».

Cuenta así en su proyecto con la parte más tradicional para él, la de El Pego, heredada de su abuelo, y la parte, podría decirse, más pasional, en Arribes, la que soñaba algún día tener. «Quería conseguir llegar a esto, con suelos completamente diferentes, variedades completamente diferentes e intentar reestructurar lo que había antes».

En total, trabaja unas ocho hectáreas de viñedo y lo hace en ecológico sin certificar y con filosofía biodinámica. Busca el respeto por el terreno, con agricultura orgánica y sin echar químicos.
«Intento hacer lo que hacían antes. Si está todo inventado», afirma sobre prácticas antiguas en la elaboración de vino como volúmenes grandes, poca extracción, el trabajo con raspón porque antiguamente no había máquinas despalilladoras y el uso de tinas grandes.

«Es buscar un poco lo que había antes», incide y lamenta que parece que todo aquello ahora no vale. «Somos una sociedad en la que parece que todo lo que se hacía antes no valía para nada y se ha ido perdiendo. En general, parece que hemos roto con todo lo anterior y si lo hacían antes, por algo sería», considera el joven, convencido de que si esa forma de hacer se mantuvo en el tiempo por los antepasados, era porque valía.

Aunque estudió Enología y desde pequeño iba a vendimiar y a podar con su abuelo, nunca se había planteado hacer vino. Fue en 2007 cuando recuerda que le «picó el gusanillo» tras conocer a su amigo Fernando García. Ahora se planea tener algún día su propia bodega, hacer un vino del pueblo de Villadepera en un antiguo lagar e intentar reabrir la alquitara comunal para hacer aguardiente. Sabe que es difícil, que en el mundo del vino hay mucha competencia y que, «como en todo», hay que luchar, pero está dispuesto a hacerlo.

 

Camino de los Arrieros